Archive for the 'Leer y pensar' Category

El signo del gato

Monday, August 6th, 2007

Ayer estuve leyendo unos relatos de Ray Bradbury y me encontré con uno que me encantó. Intenté buscarlo en español, pero solo encontré la mitad. Aun así lo voy a postear, y a quien le guste - ya encontrará la manera de leerlo entero (de todos modos, no falta mucho ;) ) Se titula “El signo del gato” [The Cat’s Pajamas, 2003]

-¿Alguna vez-dijo el joven, pensativo-, al ir en un ascensor, te has negado a hablar del tiempo, y has contado en cambio una historia sobre tu gato preferido? Al llegar al último piso, de los compañeros de viaje brota una rara mezcla de sonidos.
En ese momento el gatito regresó a la habitación.
El gatito saltó a la cama y se acomodó en el medio de una almohada en el centro de la cama.
-Es exactamente lo que yo iba a sugerir- dijo el joven al ver eso-. Si necesitamos descansar mientras hablamos, dejemos que el gato ocupe el centro de la cama mientras nos quedamos acostados a los lados, vestidos, discutiendo el problema. El primero hacia el que se mueva el gato, eligiéndolo como dueño, se lo lleva. ¿De acuerdo?
-Te guardas un as en la manga- dijo ella.
-No- dijo él-. Aquel hacia el que vaya el gato será su dueño.
El gato, en la almohada, estaba casi dormido.
El joven trataba de pensar en algo que decir porque la enorme cama estaba desocupada salvo por el animalito soñoliento. De repente se le ocurrió algo y lo dijo por encima de la cama.
-¿Cómo te llamas?- preguntó.
-¿Qué?-
-Bueno-dijo el joven, si vamos a discutir por mi gato hasta el amanecer…
-¡Hasta el amanecer!¡Qué tonterías dices! Quizá hasta medianoche. Querrás decir mi gato. Catherine.
-¿Perdón?
-Te parecerá un nombre tonto, pero me llamo Catherine.
-No me digas el apodo.
El joven casi soltó una carcajada.
-No te lo diré. ¿Y tú cómo te llamas?
-No lo creerás. Tom.
Hizo un gesto con la cabeza.
-He conocido una docena de gatos con ese nombre.
-No vivo de él.
El joven probó la cama como si fuera un baño caliente, esperando.
-Tú puedes quedarte ahí de pie si quieres, pero yo…
El joven se acomodó en la cama.
El gatito seguía dormitando.
-¿Y bien?- dijo él con los ojos cerrados.
Ella se sentó, y después se recostó en el otro extremo, preparada para caer.
-Así está mejor. ¿Por dónde íbamos?
-Estábamos tratando de demostrar quién de nosotros merece llevarse a casa a Electra.
-¿Has bautizado al gato?
-Un nombre neutro, basado en la personalidad, no en el sexo.
-Entonces ¿no has mirado?
-Ni miraré. Electra. Continúa.
-¿Mi alegato de propiedad? Bueno.
El joven hurgó en el espacio detrás de los párpados.
Se quedó un instante mirando el techo y después dijo:
-Qué rara relación tenemos con los gatos. Cuando era niño, mis abuelos nos ordenaron a mí y a mis hermanos que ahogáramos una camada de gatitos. Salimos y ellos obedecieron, yo no aguanté aquello y me escapé.
Hubo un largo silencio.
Ella miró al techo y dijo:
-Gracias a Dios.
Hubo otro silencio y entonces el dijo:
-Algo más raro pero mejor ocurrió hace unos años. Fui a una tienda de animales en Santa Mónica, buscando un gato. Tendrían allí veinte o treinta, de todo tipo. Yo miraba alrededor y la vendedora señaló uno y dijo:”Ése sí que necesita ayuda”.Observé el gato, que tenía aspecto de haber sido metido en una lavadora. “¿Qué pasó?”,pregunté.”Ese gato perteneció a alguien que le pegaba, así que se asusta de todo el mundo”, dijo la mujer. Miré el animalito a los ojos y tomé la decisión.”Me lo llevaré”.Agarré el gato, que estaba aterrado y me fui con él a casa, y al soltarlo corrió al sótano, de donde no quería salir.Tardé más de un mes, bajando y dejando comida y leche, en conseguir que volviera, escalón a escalón. Y entonces se hizo amigo mío. Que historias diferentes teneomos, ¿verdad?
-¡Caramba!-dijo la joven-.Claro que sí.
Ahora la habitación estaba oscura y muy silenciosa.El gatito seguía acostado en la almohada entre ellos y los dos miraron para ver como estaba.
Estaba profundamente dormido.
Los dos se quedaron boca arriba estudiando el techo.
-Necesito decirte algo-admitió ella un rato después-,algo que he estado posponiendo porque parece una petición especial.
-¿Petición especia?- preguntó él.
-Bueno- dijo ella, en casa, en este mismo momento, tengo un trozo de tela que he cortado y cosido para mi gatito que murió hace una semana.
-¿Qué clase de tela es ésa?- preguntó el joven.
-Es…-dijo ella-.Es un pijama para gato.
-Ay, Dios mío-exclamó él-. Has ganado.Este pequeño animal es tuyo.
-¡No, claro que no!-exclamó ella-. No es justo.
-Cualquier persona-dijo el joven-que fabrique un pijama para ponérselo a un gato merece ser el ganador de la competición. Este individuo es tuyo.
-No puedo hacer eso- dijo la joven.
-Ha sido un placer-dijo él.
Se quedaron un largo rato en silencio.
-La verdad es que no eres tan malo- dijo ella al fin.
-¿Tan malo como qué?
-Como pensé cuando te vi por primera vez.
-¿Qué es ese sonido?-preguntó él.
-Me parece que estoy llorando-dijo ella.
-Durmamos un rato-sugirió él por último.
La luna bajó por el techo.

Salió el sol.
Él estaba acostado en su lado de la cama, sonriendo.
Ella estaba acostada en su lado de la cama, sonriendo.
El gatito descansaba sobre la almohada entre ellos.
Por fin mirando la luz del sol en la ventana, la joven preguntó:
-¿El gatito se ha movido hacia algún lado para señalar a cual de los dos va a pertenecer?
-No-dijo el joven sonriendo-.El gato no se ha movido. Pero sí.

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Las estrellas de mar

Friday, March 10th, 2006

Es un cuento sufí, y por primera vez lo leí en uno de los folletos de Arca de Noe, la protectora de animales de mi ciudad. Me gustó mucho y ahora espero que os guste también a vosotros.

Había una vez un escritor que vivía a orillas del mar; una enorme playa virgen donde tenía una casita donde pasaba temporadas escribiendo y buscando inspiración para su libro. Era un hombre inteligente y culto y con sensibilidad acerca de las cosas importantes de la vida.

Una mañana mientras paseaba a orillas del océano vio a lo lejos una figura que se movía de manera extraña como si estuviera bailando. Al acercarse vio que era un muchacho que se dedicaba a coger estrellas de mar de la orilla y lanzarlas otra vez al mar.

El hombre le preguntó al joven que estaba haciendo. Este le contestó: “Recojo las estrellas de mar que han quedado varadas y las devuelvo al mar; la marea ha bajado demasiado y muchas morirán”. Dijo entonces el escritor:” Pero esto que haces no tiene sentido, primero es su destino, morirán y serán alimento para otros animales y además hay miles de estrellas en esta playa, nunca tendrás tiempo de salvarlas a todas”

El joven miró fijamente al escritor, cogió una estrella de mar de la arena, la lanzó con fuerza por encima de las olas y exclamó: “para ésta… sí tiene sentido“.

El escritor se marchó un tanto desconcertado, no podía explicarse una conducta así. Esa tarde no tuvo inspiración para escribir y en la noche no durmió bien, soñaba con el joven y las estrellas de mar por encima de las olas. A la mañana siguiente corrió a la playa, buscó al joven y le ayudó a salvar estrellas.

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Mucho más que un gato

Wednesday, December 14th, 2005

Un tanto asombrado miré aquella cosa mínima que se desplazaba dificultosamente por el suelo, emitiendo maullidos amplificados por la acústica del edificio. Relacioné entonces lo de la patada con el animalito, y algo se me encogió dentro del pecho.

De la oficina de Recepción y Despacho de Buques salió un funcionario y le pregunté.
― ¿De donde ha salido ese gatito?
― No lo sé, capitán. Hace un rato que lo encontramos al abrir la oficina para firmar un zarpe. Supongo que debe haberse caído del viejo conducto de aire acondicionado. Hace días que había una gata que staba por parir y suelen meterse por ahí.
― Puedo entender eso. ¿Pero por qué lo patearon?
― Fue para sacarlo debajo del escritorio.

Percibí tal indiferencia en aquellas palabras que se me revolvió el estómago. No dije todo lo que me vino a la mente, pero él notó mi expresión de disgusto y desaprobación. Decidí no involucrarme más y entré en la oficina para recoger mi orden. Cuando salí, la minúscula forma maullaba lastimeramente cerca de los pies del marinero de guardia.
― Como que busca compañía humana. –Comenté.
― Así parece. –Respondió él, sin prestar atención al gato.
Me asaltó el impulso de agarrar el animalito, pero fui atajado por la voz de la cordura. ¿Y qué haría con él en ese momento? ¿Metérmelo en un bolsillo? Además, con tres perras, un gato, tres loros, tres morrocoyos y no sabía cuantos sapos, ya tenía suficientes animales en casa como para agregar uno más a la cuenta. De manera que seguí mi camino sin mirar atrás, por aquello que dicen de que, ojos que no ven corazón que no siente.

Regresé de la maniobra cuando el sol ya había levantado sobre el horizonte. El marinero me dio la mala noticia. Tenía otra maniobra más, esta vez de atraque. Ya los otros cuatro pilotos, que hacían guardia conmigo ese día, estaban también maniobrando. Yo suspiré resignadamente. Se trataba de una de esas mañanas movidas. Me incomodó el hecho de que yo debería salir libre a las ocho, dando por finalizados mis días de guardia, pero me retardaría esta nueva maniobra que podría ocuparme unas tres horas.

Entré a la Oficina del Oficial de Guardia para entregar mi boleta por el servicio realizado y retirar la orden para el próximo. Salía de nuevo y fue entonces que volví a ver al minúsculo cachorrito moverse por debajo del escritorio del marinero.
― ¿Y todavía anda por aquí el bichito ese?
― Sí, no se ha querido ir.
― ¿Y no apareció la madre?
― Yo no he visto a ninguna gata por aquí

Mal asunto aquel. El personal estaba por llegar y me di cuenta de que el animal estaba peligrando allí. En cuanto el tráfico de gente aumentara en la actividad diaria de la Capitanía de Puerto, alguien terminaría pisándolo por descuido y lo lastimaría severamente.
― Voy a llevarlo para el jardín lateral, a ver si la madre lo encuentra, porque aquí se va a morir.
― Sí, creo que será mejor. –Asintió el marinero.
Fue entonces que tú y yo nos conocimos. Fue algo breve e impersonal, al menos eso intenté. Pude observarte mejor. Cabías en una sola mano. Eras del tamaño de una pelota de tenis. Predominaba el color blanco algo sucio, con otro color entre gris y negro.
― ¡Por Dios! Si no debes tener más de 4 semanas de nacido. ¿Qué fue lo que hiciste para salir de la madriguera, bichito? ¿Tan inquieto eres? Pues demasiado temprano empiezas a recorrer mundo.

Tenías un ojo bastante hinchado, probablemente producto de la patada que te dieron. Chillaste otra vez con aquel agudo maullido de bebé y me mordisqueaste los dedos. Tenías hambre. Pensé que, siendo tú un macho, mi otro gato no te aceptaría en la casa si yo te llevaba. Aunque, como él estaba castrado, quizás no te sintiera como competencia. Pero ese pensamiento fue acallado de inmediato por la consideración de que no debía enredarme la vida con más animales. Fue la voz de la razón, nuevamente. ¿O fue la del prejuicio?

Te dejé en el suelo del jardín, cerca de la vieja unidad de aire acondicionado central, a la sombra de un frondoso mango. Me pareció el lugar más adecuado para que te encontrara tu madre, pues aquella zona era la predilecta de los varios gatos que por allí había.

Miré al cielo y fruncí los labios. Estaba nublado y podría llover en cualquier momento. Si te mojabas no te salvaría nadie. Pero no seguí pensando en ello, te di la espalda y me fui. No quería saber más del asunto, no quería involucrarme más. Lo último que escuché fueron un par de tus maullidos, que se me enroscaron en el corazón como una zarza, clavándome las espinas. Mi contrariedad y mal humor aumentaron.

En aquel momento recordé un hecho similar ocurrido muchos años atrás. ¿Nunca te lo conté? ¿Cómo va a ser? ¡Vaya olvido el mío! Pues te cuento.

Por aquel entonces ya teníamos dos hijos. El varón con casi cuatro años, y la hembra que había cumplido los dieciocho meses. Fuimos los cuatro en el auto a buscar la cachorrita que habíamos comprado por teléfono en un criadero. Tanto mi esposa como yo tuvimos animales desde niños, sin embargo, ese sería el primer perro propio que tendríamos en familia, y habíamos tratado el asunto como una decisión importante. Nos había llevado varias semanas de análisis y consideraciones leyendo enciclopedias caninas y reseñas. Finalmente nos decidimos por la raza Boxer. Escogimos una hembra, para aprovechar su instinto maternal y que creciera junto con los niños. Nuestros hijos crecieron demasiado rápidamente para mi gusto, y la cachorrita mucho más rápido aún. De hecho, en un abrir y cerrar de ojos fue más grande que la niña.

¿Qué si fue una buena perrita, quieres saber? Solo te diré que, en más de una ocasión, nuestra inquieta hija se durmió en el suelo, abrazada sobre ella, sin que la noble perra osara moverse lo más mínimo para no despertarla. Le pusimos de nombre Barbie, por lo linda que nos pareció, y vivió con nosotros durante casi catorce adorables años.

Aquel día, regresando del criadero, mi esposa colocó a la cachorrita de dos meses sobre su regazo, mientras los niños iban seguros en la parte de atrás. Pero se mostró inquieta, y tanto dio que se bajó y caminó sobre el asiento, viniendo hacia mi lado. Mi esposa volvió a colocarla en su regazo, pero nuevamente la perrita se inquietó. Yo le pedí que la dejara para ver lo que hacía. La perrita caminó hacia mí, subió a mi regazo, dio unas vueltas y se quedó con la cabecita apoyada sobre mi pierna. «Bueno, ya eligió dueño. Siempre sucede igual con los perros y tú» Fue lo único que mi esposa comentó.

Lo primero que ella dijo cuando me vio entrar a la cocina contigo, fue:
― ¿Qué es eso que traes? ¡No me digas que es otro gato!
Yo sonreí por toda respuesta y te dejé en el piso de la despensa.
― Anda, caliéntame un poco de leche, que le voy a remojar la comida de gatos, a ver si estando blanda se la puede comer. Es posible que ese animalito lleve muchas horas sin probar nada.

Pero un ruido peculiar nos hizo asomarnos a la despensa. Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando te vimos completamente metido dentro del plato del Rufo. Eran claramente audibles los crujientes sonidos que hacia la comida cuando la mordías con verdadera desesperación. No sé como no te atragantaste.
― Me parece que no será necesario remojarla. —Dijo mi esposa.
― No tenía la menor idea de que esa cosita ya pudiera masticar comida tan dura. —Atiné a comentar— Mejor así. Eso nos facilitará las cosas. En verdad que ese animalito tiene ansia de vivir. Menos mal que encontró la comida del gato y no la de los perros.

Te pusimos un platico con leche tibia, que también lamiste con avidez y satisfacción, hasta la saciedad. Cuando terminaste no podías moverte. Parecía que hubieras duplicado tu tamaño en un instante. Eras pura barriga llena.

¿Recuerdas aquel primer baño? Con una toalla humedecida en agua tibia y algo de jabón azul, te di una friega para ver que había debajo de aquella pelusa. Te enjuagué con la misma toalla y te secamos bien. Tú no dejaste de ronronear ni un solo instante. Estaba claro que te sentías a gusto. Y fueron apareciendo los verdaderos colores. Podía decirse que eras blanco, con algunas manchas de varios tonos grises. En aquella cabecita del tamaño de una pelota de pimpón, además de las orejas, destacaba la minúscula nariz de fuerte color rosa. El gris te formaba una especie de peluca que enmarcaba unos grandes ojos amarillos. El rabito, el anca de la pata trasera izquierda y parte de la derecha, eran grises también. El resto era blanco. En definitiva, no parecías nada especial, no estabas dado para ganar concursos de belleza, pensé en aquel momento. Eras un gatito feo y arruinadito. Pero me agradaste. Te lo digo sinceramente, algo en tu aspecto me gustó.

Eras tan mínimo que un viejo cepillo de dientes fue suficiente para acicalarte entre ronroneos y juegos. Y pude examinarte con calma. No tenías pulgas ni otro tipo de parásitos externos. Lo único visible era el ojo que seguía muy hinchado y te lagrimeaba un poco, aunque me pareció que un oído también te molestaba.

Te acomodamos en el vestier de nuestro dormitorio, dejando a tu alcance algo de comida para gatos remojada en leche. Recorté una caja de cartón dándole la altura conveniente para que pudieras salir y entrar. Coloqué en el fondo algunos trapos de cálida textura, así como varios viejos muñecos de peluche sobre los que te dormiste rápidamente. Te hacía falta un buen descanso.

Mi esposa y yo discutimos el asunto. Bueno, es solo un decir. Nada hubo que discutir realmente. Dadas las circunstancias, decidimos dejarte. Por los momentos, claro estaba. Ya luego veríamos que hacer contigo, quizás te encontraríamos un buen hogar. Por supuesto que en ese momento ninguno sabíamos que te quedarías con nosotros por siempre. O quizás si que lo supimos. Por lo menos yo lo sospechaba.

A primera hora de esa tarde te volví a montar en el auto para llevarte al veterinario. Esta vez estabas más activo. Recorriste hasta el último rincón como un osado explorador. Lo hiciste calladamente. Siempre fuiste un gato muy silencioso. Oírte un maullido era toda una novedad… y para mí un placer.

Durante la corta espera en el consultorio, tú permaneciste pegado a mi camisa, mirando todo con curiosidad e inquietud. Yo te hablaba para que te acostumbraras a mi voz.

Al veterinario también le pareció que no tendrías más de cinco semanas, por lo que te estimamos una fecha de nacimiento. Te examinó concienzudamente en medio de tus constantes protestas, mientras tú me buscabas con la mirada. Estaba muy claro que no querías estar en aquellas manos. Afortunadamente, aparte del ojo inflamado pero sin consecuencias, solamente te encontró un oído infectado y cierta alergia menor. Te inyectó, te vacunó, desparasitó y me indicó un tratamiento para aplicarte durante varios días. Fue un servicio completo. Luego me preguntó cual era tu nombre, para la historia clínica.
― Mínimo. —Respondí sin titubear.
― Vaya, es un nombre peculiar, nunca lo había escuchado. Mínimo me parece bien.
― La verdad es que yo no había pensado en ponerle ningún nombre, porque no quisiera encariñarme con el animalito. —Le aclaré— Sin embargo, por no decirle simplemente minino y, además, porque es tan pequeño, creo que le viene bien ese.

Cuando el veterinario terminó contigo y pude cargarte de nuevo, dejaste de maullar y te pegaste a mí como un geco a una pared. Te agarraste con tus uñitas como si quisieras asegurarte de que ninguna otra persona te arrancaría de allí. Ronroneaste junto a mi cuello y me lamiste con tu pequeña y áspera lengua. Lo que tú no sabías en ese momento, ni yo tampoco, era que no te habías aferrado a mi camisa, sino a mi corazón.

El resto de la historia (partes 2,3 y 4)

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